martes, 24 de diciembre de 2013

El aborto del PP



Llevamos mucho tiempo aguantando la lacra de la derecha más casposa en este puñetero país. La derecha que no sólo quiere imponer un sistema neoliberal que haga a los ricos más ricos (como se ve en las estúpidas revistas de prestigio donde se perpetúan los candidatos a más ricos del país aumentando año tras año su patrimonio) sino también su corpus ideológico-social trasnochado, lleno de prejuicios y, ante todo, hipócrita (por eso de "consejos vendo para mí no tengo), mezcla de religiosidad, intransigencia y posos del pasado.
                     
Así, esta gente intenta imponernos sus ideas cueste lo que cueste, ideas suyas que nos afectan a nosotros. Y esto es lo grave: porque si su retrógrada ideología fuera consumo interno de sus feligreses sería irrelevante. Pero en su matriz ideológica está el gérmen de todo: el de la imposición y la intransigencia. 

Sería para reírse sino fuera para llorar revisar las imágenes de cuando se aprobó el divorcio en España. Hordas puritanas salieron a la calle para impedirlo, porque España y Dios iban a perderse con semejante infamia. Y esa gentuza no salía para decir que ellos no iban a divorciarse, que iban a aguantar toda la vida pese a que ya no quisieran a su pareja, que va. Ellos salían para decir que nosotros no teníamos que poder divorciarnos, que no podíamos coger el rumbo de nuestras vidas y separarnos de ese hombre o mujer que, por las circunstancias que fuera, ya no era nuestra media naranja.


 Demócratas de toda la vida en 1981 manifestándose contra la ley del divorcio, ley espeluznante donde las haya.

Tampoco salieron por ellos cuando se aprobaron los matrimonios de gays y lesbianas. No salieron para decir que no querían casarse con otra persona de su mismo sexo, aunque muchos de ellos lo desearan pero tuvieran que mantener su matrimonio heterosexual y sus hijos de cara a la galería. No, nuevamente salían para decirnos que los demás, nosotros, no podíamos elegir nuestra pareja y no se podía llamar a la unión de dos hombres o mujeres matrimonio.


También los demócratas de toda la vida queriendo imponer sobre aquello que más conocen, la familia. Y de paso muchas banderitas nacionales, en consonancia con la fiesta.

Cuando se menciona la eutanasia nuevamente nos quieren imponer su visión. Cuando hablamos del derecho a la muerte digna, donde uno elige su propio futuro y pide que si está condenado a morir se le pueda acortar este sufrimiento ellos escupen su veneno hablando de que esto es un asesinato y que recuerda las fechorías hitlerianas. Su memoria es vaga, pues sus hermanos mayores, que estuvieron al lado de Franco durante cuarenta años (perdón, algunos siguen en las filas del Partido Popular, digno representante del partido único) fueron los pilares de dicho régimen en este país. Nadie les pide que firmen un papel autorizando a acabar con sus vidas cuando estas no sean más que un cruel recuerdo de lo que fueron. Sólo se les pide respeto a los que pensamos de otra manera y no afectamos a nadie más que a nosotros con dicha decisión. Pero nuevamente su ideología excluyente les hace morder y rasgar e intentar por todos los medios que esta ley sea posible.

La penúltima decisión ha sido el aborto. Nuevamente imponer su visión de la vida, su hipocresía que hará que aquella mujer que siga necesitando abortar tenga que coger la maleta y marcharse a otro país a ejercer su derecho, siempre que tenga dinero. Porque de lo contrario volverán las interrupciones del embarazo ilegales, sin medidas sanitarias, dedicadas a aquellas a la que esta política neoliberal y fascista ha dejado sin trabajo, sin recursos y sin una sanidad pública que vele por sus necesidades. Eso sí, las hijas de todos estos verdugos que nos legislan desde la poltrona podrán coger sus jodidas maletas de Channel e irse a Londres a quitarse el crio que el hijo de la portera les ha hecho y, por qué no, aprovechar a arreglarse la nariz o poner un par de buenas tetas.

No van a poder legislar sobre nuestras vidas eternamente. No vale un puñado de malditos votos para poder quitarnos derechos que son nuestros, por mucho que cuatro desgraciados así lo decidan. No hay presa que pare el río de nuestra libertad, y su sistema anquilosado y vetusto caerá como han caído otros. Y nadie se preocupará por pisar sus ruinas, porque será una gran melodía. 



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